Ensayos

Bienvenidos al tren ( Acerca del fenómeno Otra de tiros)

 

Una vez, mientras yo estaba enterrando a uno de mis egos, 

se acercó a mí el sepulturero, para decirme:

-De todos los que vienen aquí a enterrar a sus egos muertos, 

sólo tú me eres simpático.

-Me halagas mucho -le repliqué-; 

pero, ¿por qué te inspiro tanta simpatía?

-Porque todos llegan aquí llorando –

me contestó él, y se van llorando; 

sólo tú llegas

riendo, y te marchas riendo, cada vez.

Khalil Gibran

Érase una vez en el Oeste

Un hombre de canas y bigotes con chaleco, botas tejanas y sombrero.

Tres amigas con camisas a cuadros y campera de cuero. Dos niñas disfrazadas de monjas.

Una ronda de niños jugando a montar caballos, repitiendo al unísono que hoy va a ser un gran día. 

La fila da la vuelta manzana. Se aglutina una multitud frente a la boletería. 

La primera función está agotada, se habilita otra. La demanda es tal, que se suma una tercera.  Como en los tiempos del circo criollo y el sainete, los organizadores se ven obligados a agregar funciones, para apaciguar el clamor de las masas exigiendo su lugar en la fiesta. 

Son tiempos de desguace y desmantelamiento, y a pesar de estar sufriendo una recesión sin precedentes, el pueblo de Moreno se congrega  una vez al mes en la puerta del teatro municipal. Hacen largas filas, llueva, truene o granice. 

Nadie quiere quedarse afuera de cada capítulo de la saga “Otra de tiros” , una comedia payasa, ambientada en el lejano Oeste. Allí, en la cantina “El Glorius”, se dan cita los habitantes del pueblo, para dirimir conflictos e infortunios relacionados con el poder, la legitimidad, la justicia y el sentido de la vida.

¿Qué hay detrás de este fenómeno? O mejor dicho ¿quiénes?

Mantenlo prendido juego

Si hay algo que admiro de los niños, es su capacidad de desprenderse de los supuestos en pos de la preservación del juego. Quienes convivimos y trabajamos con niños, hemos sido testigos de la capacidad que tienen de renunciar a la imagen mental previa en pos del mismo.

Los artistas, los poetas, los actores, pero más precisamente los payasos, entrenan para recuperar y mantener viva esa habilidad: la de renunciar a lo premeditado y ceder a lo que acontece, en pos de mantener encendido el juego, que es a su vez quien nos alumbra y abriga. 

Los adultócratas, en cambio, suelen ser amantes de los mapas, y hacen todo tipo de berrinche cada vez que el territorio no se ajusta al suyo.  La adultocracia egoica llega en su rigidez al extremo de perder afectos, relaciones, hogares, proyectos con tal de no ceder, o de reconocer el error, o de que no tenía la razón.

Cabe aclarar que esa terca adultócrata también he sido yo, por supuesto. 

La comedia en particular tiene un fondo trágico, porque para poder hacer reír primero hay que saber perder. El payaso hace de su fracaso, su gracia. Tiene el coraje de recordarnos lo ridículos y frágiles que somos ante la muerte, que como buena ganadora, nos da toda una vida de ventaja. 

Que abandonen toda ilusión de triunfar o fingir quienes ingresen aquí, reza el cartel en el umbral del Templo Payaso. No cabe la posibilidad de fingir o disimular, se entrena para asumir lo genuino, lo que está sucediendo aquí y ahora.  El trabajo no consiste en “mostrarse”, sino, en dejarse ver. Solo perduran en escena (siguen en juego, léase con vida) aquellos que son capaces de renunciar a su esquema previo, a la supremacía mental, a la manía de la complacencia, a la ilusión de la corrección. 

Y acá cabe una aclaración fundamental: no se trata de una enumeración vacía de postulados. Técnicamente es así. Cualquiera que se haya atravesado la experiencia cómica lo sabe. 

 Sin fijas pero con prefijo

La compañía de teatro comunitario “Western Union Clown” es esencialmente la fusión de dos grupos de teatro: Clandestino Teatro y Tercer Cordón, además de otros actores y actrices “sueltos”.  Su composición es íntegramente obrera: maestros, auxiliares, ascensoristas, operarios, jubilados. Empleados de día; artistas de noche. Pero además, cada una, cada uno, contiene en sí, la experiencia social y comunitaria que caracteriza al territorio. 

¿Por qué dos compañías se fusionan en pos en un proyecto? ¿Cómo se lidia con las susceptibilidades y los egos de quienes actúan en pos de una historia? 

Para conocer los entretelones de semejante fenómeno, hay que remontarse al lejano oeste del conurbano bonaerense, en los años noventa, una época en la que forajidos de todo tipo (extranjeros y propios) arrasaron con las arcas y los sueños de un pueblo entero.  

 El grupo de teatro independiente Tercer cordón del distrito de Moreno, que nació junto a otras expresiones de organización cooperativa, como forma de resistencia al aluvión neoliberal que arrasaba ferozmente el tejido social. El núcleo fundador del grupo está conformado por el matrimonio de Mariela y Fredy, al que se sumaron Lara, Melina, Juan y otros compañeros a lo largo del tiempo. Si tuviese que elegir una palabra que lo represente, sin dudas sería “apertura”, porque desde que los conozco, siempre han estado abriendo caminos, alojando almas errantes y causas perdidas a su proyecto.

En aquellos tiempos de persianas y puertas cerradas, donde las cuentas cerraban con la gente afuera, estos jóvenes artistas y docentes  junto a otros artistas dieron a luz  a modo de antídoto, al festival de teatro comunitario “Octubre callejero”, el cual profesaba como valor central e inclaudicable el acceso democrático e irrestricto a la cultura. 

Estos colectivistas de buena cepa convocaban a artistas de todas las regiones del país (y latinoamérica) para ofrecer funciones de teatro en los barrios de la periferia. Las funciones se brindaban en espacios públicos, de manera libre y gratuita, y al finalizar la función se pasaba “el sombrero”, donde se recolectaba el dinero que luego era repartido entre los artistas de manera equitativa, como gesto democratizador. Sin ningún tipo de financiamiento estatal ni privado, sostuvieron durante más de diez años el proyecto.

En definitiva: en aquellos tiempos oscuros  de muros, persianas y pólvora, ellos dedicaron su vida a tender puentes, crear lazos y soplar brasas.  

Coproducción, cooperativo, coautoría: en mi tierra hay escasez de casi todo, pero por fortuna, abunda el prefijo co.

El teatro, esa casa.

Actuando en una plaza: así la conocía a Mariela. Su contextura es inversamente proporcional a su proyección escénica: como un farol en la noche, al que los bichos de nuestra atención persiguen hacia donde sea que vaya. Dínamo de picardía, le agrega pimienta al parlamento y nafta al fuego de la rebeldía. Años después, con mucho pudor la convoqué junto a otras mujeres para un proyecto teatral. Ella, con la humildad que caracteriza a los artistas de mi pueblo, aceptó, a pesar de que aquella era mi primera experiencia y que la propuesta consistía en un auténtico salto de fe: no sabíamos hacia dónde íbamos, pero confiábamos en lo que teníamos para contar. Juntas, atravesamos un proceso tan intenso como revelador: abrimos las cajas negras de la violencia. Gestamos, parimos, la obra tuvo gran recepción del público, pero al poco tiempo, la pandemia irrumpió y puso en pausa la actividad teatral.

En 2021, tiempos de burbujas y barbijos, en plena incertidumbre y escasez de funciones, Mariela nos sugirió ofrecer una función en la sala Casa Teatro, del grupo Clandestino teatro, ubicada en el barrio periférico morenense de Trujui. 

— Pero tengo que aclararles algo con respecto al espacio: no es una sala cualquiera; de día, es una iglesia y de noche se transforma en una sala de teatro para personas con discapacidad —  nos advirtió Mariela. El grupo no demoró en expresar su resistencia, algunos influidos por experiencias nefastas vividas en escuelas católicas, otros por profesar un marcado ateísmo de izquierda. Después de una breve discusión, persuadidos por las palabras de Mariela, quien aseguraba que valía la pena conocer ese espacio, y la verdad sea dicha, porque estábamos hambrientos de funciones, decidimos aceptar.

Quienes llevaban adelante el proyecto, quiero decir, quienes le ponían el cuerpo y alma a semejante tarea, eran Flaviana y Adrián, un matrimonio al que la tragedia golpeó . Y no uso la palabra tragedia a la ligera: les tocó atravesar el dolor más grande, aquel temor atávico que resulta tan inconcebible, que no tiene nombre. Vaya piedra les toca cargar, y sin embargo, eligieron construir sobre los escombros de su vida derrumbada, un teatro, una casa.

Cuando llegó el día, apenas llegamos, nos recibió con una sonrisa Flaviana. En la sala, acomodando tachos y acondicionando el escenario, estaban unos muchachos muy alegres, que no escatimaron en abrazos y bromas apenas entramos. Nos ofrecieron merienda, y recuerdo que me llamó la atención cómo podían hacer bromas acerca de su “condición”. Hay personas con rejas, muros, zaguanes: estos seres eran todo sala. Apenas entrabas en contacto con ellos, sin mediación, te hacían sentir una frescura y una cercanía muy parecidas a la sensación de hogar. Flaviana y Adrián, los referentes del espacio, lejos de subestimarlos o sargentearlos, los trataban con calidez y humor, con mucha naturalidad. Sin subrayar ni sobreactuar nada.  

Yo, que soy una minusválida afectiva que solo sabe interpretar, que escribe porque no sabe gritar, que oculta su corazón en el caparazón de su intelecto, cuando los vi interactuar comencé a preguntarme seriamente quién estaba realmente discapacitada.

Cuando la función terminó, y se apagaron los cálidos aplausos, una mujer tomó la palabra para contar que ella formaba parte del proyecto, que estaba muy agradecida, porque cuando huyó con lo puesto de la violencia de su casa, ahí le hicieron un lugar. Por aquella época, contó la mujer, me vi sin nada, me pregunté qué iba a ser de mí. En un momento me puse a juntar botellas, las adornaba, y cuando dejaba a los chicos en la escuela salía casa por casa a venderlas. Una vez toqué esta puerta, y me invitaron a pasar. Me hicieron un lugar, empecé a participar en las actividades y me hice parte de la congregación. Aquel día que Flaviana abrió la puerta, mi vida cambió para siempre. Por eso me gusta venir a colaborar cuando hacen funciones, porque pienso que quizá puedo yo devolverle a otro, el favor que ellos me hicieron aquella vez.

En ese instante, sentí cómo se desprendió, como una cáscara, la idea (el prejuicio) con el que yo había llegado a esa sala.

Comprendí que quizá de eso se trata la fe  (más allá de la forma que tome): en la capacidad de volverse casa del que se quedó sin casa, ofrecer una lumbre al que se quedó a oscuras, poner paños y no juicios, a esa parte desvalida cuando más lo necesita.  

Creo que ellos no lo saben, pero ese día, a mí me creció una casa dentro.

En ella me refugio cuando se me viene la noche encima. Cada vez que me siento abandonada a la suerte en la cueva de mi herida más profunda (de que aún supura, y que también espanta), recuerdo las palabras de aquella mujer, los gestos de aquellos muchachos, la integridad de aquel matrimonio. 

Aquella vez, en el fondo, enterré a varios de mis egos: al que se creía que le había tocado la peor de las suertes, al que se mofaba de las formas ajenas de la fe que no llegaba a comprender, al que creía que su sufrimiento le otorgaba el permiso de atropellar a los demás con consejos e interpretaciones que nadie había solicitado. 

Filoctetes y el  Lobo

En la mitología griega, Filoctetes era un arquero que ayudó a encender la pira funeraria de Heracles, recibiendo como recompensa su arco infalible y sus flechas con sangre de la Hidra. Pero durante una parada rumbo a Troya, fue mordido en el pie por una serpiente. La herida jamás cerraba, despedía un hedor insoportable y sus gritos de dolor interrumpían los rituales, por lo que Ulises y los jefes griegos lo abandonaron en una isla durante diez años.

Todos tenemos una parte, un ego que como Filoctetes fue herido injustamente, que sufrió, que se sintió abandonado y solo en su dolor. 

El discurso fascista, que no tiene un pelo de tonto, le habla a esa parte resentida, a la oculta, a la de la cueva. De a poco va alimentando la idea de que destruyendo al otro se va a reparar lo propio. 

Los modelos autoritarios y represivos se sostienen en el “enano tirano” que en cada uno de nosotros habita como posibilidad. Si una praxis avanza, es porque primero hay un discurso que lo habilita.

En la actualidad, lo hace a través de las nuevas herramientas de control social : las redes sociales. Debajo de su piel de cordero inofensiva, hay un lobo que se alimenta de nuestras inseguridades. Nos vuelven perezosos, vanidosos y policías de lo ajeno, lo cual no sería tan grave (siempre lo hemos sido en mayor o menor medida). El peligro de las redes sociales es que fomentan y naturalizan prácticas crueles, como el verdugueo, el poronguero,  la canchereada, el linchamiento, la opinología, todo bajo el cobarde velo del anonimato. Agrupa nichos de discursos endogámicos dándose la razón, y anulando (bloqueando) a quien piensa distinto. 

Dicho en criollo, alimentan al lobo. 

La payasada como antídoto 

Por eso considero que las prácticas populares y colectivas del arte en general (las que no han sido cooptadas por las lógicas del mercado) y la payasada en particular, representan un ejercicio concreto de resistencia  anti fascista. A saber: 

  • Por cómo opera en nosotros el trabajo sensible en el derrumbe de nuestros prejuicios, es decir, la idea previa que nos hacemos de algo o alguien. 
  •  Porque está en las antípodas de la idea supremacista de lo puro y lo homogéneo: en una escena, en una composición, en una biblioteca, la diversidad lejos de ser un estorbo, es una reliquia.  Constantemente estamos invitados a ir hacia lo distinto, a lo que lejos de anularnos, nos complementa y enriquece. 
  • Porque promueve la exploración y asunción de la propia singularidad, la cual no busca aislarse, sino sumar desde lo auténtico en convivencia con los demás (en contraposición con la cultura individualista de la fragmentación identitaria).
  • Porque tanto la payasada, como la poesía, el juego nos enseñan a espejarnos, a restarnos importancia.  A recordar que nuestro dolor es cosa seria, pero que no es para tanto. Nos invita a dejar de ocultar esa parte débil, fallada y ponerla al servicio de los demás.

En palabras de Claudia Masin “nos otorga una segunda vida, y en esa segunda vida, lo dañado es una joya”. 

De hecho, esa es la pregunta fundante de cualquier maestro cuando damos nuestros primeros pasos:

¿Qué vas a hacer con tu herida, que es como decir, qué vas a hacer con tu don? 

¿Qué vas a hacer con lo que devino en piedra en tu vida? ¿Vas a regodearte en tu herida aislándote en la cueva, o vas a bañar en ella la flecha que ayude a vencer los males que agobian a tu gente?

El pájaro y la piedra

 Dice Victoria Chang: En tu cuerpo hay un pájaro y una piedra. Tu tarea consiste en no matar el pájaro con la piedra.

¿Qué nos hace seguir cuando todo parece perdido? ¿De dónde se saca la voluntad para jugar un partido que ya sospechamos arreglado en nuestra contra? ¿Qué invisible imán vuelve a juntar nuestras partes rotas cuando el misil de la desgracia impacta en el centro gravitatorio de nuestras vidas? ¿Qué nos hace ponernos nuevamente de pie? ¿De dónde sacamos la fuerza?

Yo no lo sé. No lo sé,  pero intuyo que estoy mucho más cerca de la respuesta cuando veo improvisar a los niños, o cuando oigo cómo le craquea la voz a mis compañeras al leer un poema, o cuando al abrir un libro las palabras de un desconocido me atraviesan como un rayo, o cuando los payasos me rescatan de la normalidad con sus delirios, que cuando los “adultos correctos” sacan a relucir su batería de mapas, medallas y diplomas. 

Sin ir más lejos, más bien acá nomás, en tiempos de parálisis y fragmentación, de autoritarismo y crueldad naturalizada, en una verdadera gesta heroica, la compañía de payasos Western Union Clown ofrece una vez al mes un capítulo nuevo de la saga “Otra de tiros”, donde los roles se organizan en función de la historia, donde la escena (el juego, lo común) es más importante que lo individual. En sus narices rojas, se ven reflejadas nuestras sombras. 

Ese rito mensual nos ayuda a recordar que nuestro país, se encuentra asediado por rufianes y que los monstruos han tomado el palacio, pero que también nuestra tierra, está repleta de gente así, como Flaviana, como Adrián, como Mariela, como Fredy, Mónica, Marcelo, Melina, Diego, Cecilia, que saben ser que casa de los que no tienen casa. 

Gente de mi tierra a los que nada les fue sencillo, y sin embargo, han puesto en marcha el tren payaso del oeste, al que está invitada toda la plebe, en su inmensidad, su complejidad y su contradicción.

Payasos de mi tierra:  seres amigados con su parte débil, quienes saben sacar brillo a su lado oscuro.  Díscolos y alocados, alérgicos a lo perfecto, lo puro y correcto.

Atención: perdidos, olvidados, extraviados y errantes. Caídos del catre, a los que nada les salió como lo planeaban, a los que se volaron los patos, los que nos quedamos sin casa: pueden venir cuantos quieran, que serán tratados bien. Los que se quedaron en el camino. Bienvenidos al tren. 

Bienvenidos al tren

Dicen que el último tren de la noche humana está por partir. Dicen que nos llevará inexorablemente, a la boca abismal del lobo. Dicen que nos toca vivir nada más y nada menos, que el fin de los tiempos. 

Si es así, sepan que la campana final me encontrará en el último vagón.  Aquel que de tan repleto, va muy lento.

En compañía de los locos, de los parias, de los payasos de mi tierra, esos que saben ser casa de los que se quedaron sin casa, en cuya mesa siempre hay lugar para uno más. 

Los que no piden currículum ni antecedentes antes de prestarte fuego o tenderte una mano. 

En este vagón, haremos de cada tropezón un gag, de cada error un acierto, de cada falla, un don. Brindaremos e intercambiaremos vestuarios y roles hasta olvidar quiénes éramos antes de partir. La orquesta alzará el volumen y echaremos leña a la hoguera, hasta arder al titilar de las estrellas. 

Enterraremos nuestros egos a carcajadas, honraremos el último tejido vivo sintiéndolo todo, como quien mira al mundo por primera vez, entregados al juego, manteniéndolo prendido  como si cada minuto fuera el último.

Y si  después del impacto, llegamos a destino, cuando vuelva a amanecer y la paloma sobrevuele piedra sobre piedra con el ramo de olivo buscando el último rastro de vida donde apoyarlo, pido que lo haga sobre la nariz roja de los payasos de mi tierra, porque ellos sabrán usar las piedras para levantar refugios, para dibujar nombres, para hacer malabares, para frotarlas y encender el fuego, pero nunca jamás, como un arma.

Explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco
llevándome

Alejandra Pizarnik

 

Años de perros

 

Hay un fenómeno que difícilmente sea  comprendido por quienes no son oriundos de estos pagos: en Argentina, el paso del tiempo es tan voraz como vertiginoso. Como si  fueran años de perro: nos pasan siete  en uno. No hay posibilidad de asentar la novedad que la siguiente ya está sucediendo.

Debido a esto, es probable que esto que escribo intentando digerir el sabor amargo del resultado de las elecciones Paso, a la hora de ser publicado quede añejo. Inclusive para mí.

En palabras de Peri Rossi “ Se escribe como se lanza botella al mar:

soñando con una playa, un lector, una lectora. Pero cuando por azar de los vientos y la conjunción errática de las mareas, la botella navegante llega a la orilla y alguien la recoge –lee el mensaje– hay que confesar: quien envió el mensaje está ya en otra cosa”.

Dejaré sin embargo este punteo en la orilla, seguiré, como muchos de ustedes, dándole vueltas a la almohada, repasando el mapa, como una invitación a seguir pensando,pero sobre todo, preguntando, escuchando, dudando, yendo hacia lo que se me opone, tratando de tender puentes.

 

Con la boca
Un familiar cercano se separó hace poco. Está atravesando lo que él denomina, el peor momento de su vida. Desde entonces, es un hombre arrastrando un calefón.

Durante este tiempo, he sido testigo ocular de su marcha fúnebre, la cual fue pasando por las ya conocidas etapas: la negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación.

Recuerdo el día que descubrió que la pena no se había terminado, cuando cerró la puerta y giró la llave, sino que era apenas el comienzo.

Y también, con el pasar de los meses, cómo fue notando, que mucho de lo que creía de ella, era también de él. ¿Cuánto era de uno y cuánto del otro? ¿Alguien se atreve a trozar el asunto, a riesgo de amputarse? Los días se sucedieron, una ficha hizo caer a otra ficha, ningún clavo pudo tapar semejante agujero, pero algo perduró durante todo el proceso: no podía hablar de otra cosa. Como si no hubiera otra forma de asimilar la pérdida, que pasándolo una y otra vez por el tamiz de la palabra.

Acaso una forma de desahogar la sensación constante de tener que  “cambiar de embarcación en medio de altamar, y de noche“.

De manera  similar se vivió en muchas organizaciones sociales y políticas “la trompada” del resultado de las elecciones. Estamos en un franco duelo, del que quisiéramos huir, pero que inevitablemente, nos pone sobre las cuerdas y nos obliga a repensarlo todo.

Con el paso de estos días de perros,  intentamos digerir el sabor amargo que dejó en evidencia este considerable “giro a la derecha” que la sociedad expresó a través de las urnas.

Por más impotencia y rabia que nos de lo que está sucediendo, no es mi intención ceder a provocaciones y echar más nafta al fuego del tenor beligerante del debate, que en estos últimos años propusieron y alimentaron las redes sociales. Creo, en cambio, que estamos invitados a ejercer la herramienta política de la discusión y disputar el terreno simbólico, el cual fue sitiado considerablemente.

Todo esto en el contexto amenazante en el cual, en caso de ganar cualquiera de las dos fuerzas ultra derecha, nos terminen de sacar de las manos los laureles de las conquistas sociales que supimos conseguir.

No voy a imponer, sino más bien exponer mi postura, sin minimizar ni edulcorar:

Lo sabemos, el panorama es preocupante. Complejo. Nefasto.

Dicho en criollo: La soga viene con mierda, y hay que agarrarla con la boca.

 

Una procesión llamada interregno

A la hora de pensar la complejidad del asunto, creo que cabe considerar, entre otras cuestiones, que estos resultados se dan en el marco de un fenómeno post pandémico:

A nivel mundial, no solo no salimos mejores, sino que se concentró aún más la riqueza, agudizando la desigualdad.

Argentina no fue la excepción, donde el aislamiento preventivo se extendió por mucho tiempo, provocando un verdadero trauma social, del que todavía no hemos podido mesurar las consecuencias en términos de salud mental, y no solo dejó ver la brecha entre economía formal vs informal, sino que además, el advenimiento de las redes sociales, modificó las formas de hacer política.

Las redes sociales son un nuevo territorio (no sólo simbólico, sino real), que construye comunidades, crea sentido y configura formas de vincularse.

Por otra parte,  mirando el panorama mundial, en términos de cómo se agudizan las contradicciones de las relaciones de este capitalismo con pronóstico reservado que no termina de morir, donde la mano de obra humana empieza a ser reemplazada por máquinas, es muy difícil vislumbrar el retorno a corto plazo de los tiempos de  vacas gordas que propician la distribución de la riqueza y garantía de derechos.

¿Cómo llevar adelante el desafío de la construcción democrática en el marco de una desigualdad social en ascenso y una brecha económica abismal, que genera (no es ninguna novedad) frustración, enojo, resentimiento, violencia?

Si son tantos los cocineros que joden la sopa.

Se denomina interregno, a un período de tiempo transcurrido entre dos sucesos similares o complementarios.

Una suerte de procesión fúnebre, en cuyo cajón, buscamos depositar todo aquello que llevamos puesto y que empieza a descomponerse.

Con los pantalones por los tobillos, cantamos: mi vieja munda ya no es lo que era, ya no es lo que era,  pidiendo una limosna de fe, o acaso una manta retórica que cubra los temblores de esta noche.

Como si la marea de realidad se moviera mucho más rápido que la embarcación de nuestras categorías.

Lo viejo que no muere, lo nuevo que no aparece.

Se ara el porvenir con viejos bueyes.

 

Demasiados moretones, muy pocos encantamientos

Volviendo a los resultados:

*Por supuesto, un factor central fue el económico. La inflación, la pérdida de poder adquisitivo, la crisis habitacional. Los precios subiendo en ascensor y los salarios, por la escalera.La imposibilidad de ahorrar, de proyectar, de darnos un gustito. No podemos votar con la lengua, si nos duele la víscera más sensible.

*La crisis política e institucional de la democracia no empezó ayer, ni con la pandemia, viene de larga data. Hace mucho tiempo que las instituciones sociales no dan respuestas a los laburantes, lo cual lleva al descreimiento y la decepción.

*De los medios masivos de comunicación, ya mucho se ha hablado, no tienen reparo en usar sus chumbos, (son sicarios, trabajan para los intereses del poder real), pero no son la única variable, la gente no es ‘estúpida’ y se deja lavar la cabeza. (Esa subestimación de las masas no te la robo). Condicionan, sí fuertemente. Pero no determinan.

 * Estos resultados  pueden leerse (mal que nos pese) como un llamado de atención de un sector conformado por muchas personas sueltas, que no están (hasta hace poco no estaban) embanderadas bajo ninguna organización, que anhelan un orden más justo donde se paguen las consecuencias de los actos. Cabe aclarar: un ordenamiento no es equivalente a autoritarismo y abuso de poder.

¿Acaso el fantasma del autoritarismo y la represión nos llevó hacia el otro extremo?

Lo que se reclama es que la clase dirigente garantice una cierta estabilidad que permita organizar la vida, proyectarse, salir a ganarse el mango sin que sea equivalente a salir al campo de batalla. Vale aclarar, (permítaseme la ironía) la batalla real, no la cultural.

La de salir todos los días a ganarse el mango en el llano, en el que se intenta no perder la vida en manos de la delincuencia marginal, la prepotencia y ceguera institucional, los condiciones laborales precarias y los consensos sociales cada vez más descartables.

 

La viga en el propio

No diré nada nuevo: la realidad es compleja y para poder abordarla y transformarla, hay que también poder hacerse preguntas, dudar y reconocer las propias fallas.

Frente a semejante panorama, acaso apuntada por la espada coyuntural de Damocles, me veo en la obligación de revisar mi accionar, mi discurso, y los del movimiento político al cual pertenezco y me representa.

Acaso la tan mentada autocrítica no supimos hacer para no darle de comer a los carroñeros que cuentan nuestras costillas, con un palo a carcajadas, y a los cuales nos solemos ver recoger ningún guante.

Repaso las fotos que no quise ver, acaso por negación u holgazanería. Intento en medio de la vorágine de los días y la amenaza concreta de todo lo que puede irse por la borda, hacer una pausa, mirar por encima de las alcantarillas de los algoritmos, que como bien sabemos  valiéndose de del sesgo de confirmación, alimentan la polarización.

El problema es el otro, el fanático es el otro, ¿el poder real es el otro?

En la cuenta regresiva de cara a octubre, me propongo masticar el hueso de la realidad, aunque me ladre, aunque me muerda.

 

El lecho de Procusto

Creo que el gran ausente al banquete dialéctico de los últimos tiempos, sin duda, ha sido la escucha. Todo aquello que no cabía en el lecho de la corrección política o el relato oficial de Procusto, era degollado bajo el mote de facho, gorila, ignorante. Y viceversa.

Un señalamiento de lo que estructuralmente se caía a pedazos, ninguneado al son del tan gastado le hacés el juego a la derecha.

No escuchamos para dialogar, sino para reafirmar lo que ya pensábamos.

La cultura del ensimismamiento.

Una conversación endogámica sitiada por la segregación social (que la privatización secuenciada de la educación alimentó). La polarización a la orden del día.

Vengo hace rato rumiando  la sensación de  que  nos quedamos hablando entre nosotros, a fuerza de soplar  el gomón del autoconvencimiento para navegar contra la corriente, cada día. La corriente neoliberal (cuya represa se fracturó hace cincuenta años, dictadura militar mediante) que nos arrastra hacia un proceso de latinoamericanización, donde la gestión pública, debilitada y vapuleada, no puede garantizar los grandes bastiones que supimos conseguir: el trabajo en blanco (leáse vacaciones pagas, aguinaldo, obra social, paritaria), economía formal, plan de vivienda, el mejor salario de la región, educación y salud pública de calidad.

Al parecer, hasta hace algunos años,  para sentirse parte del campo nacional y popular, o movimiento obrero organizado, (como se prefiera), no había demasiadas condiciones.

Había que pertenecer a la clase obrera, y tener cierta consciencia de ello.

Sin embargo, desde que ingresó en la discusión, una suerte de  deformación  del concepto gramsciano de la “batalla cultural”, (el cual propone disputar el campo de las ideas), esto se tradujo en un revisionismo biográfico permanente.

En las huestes militantes se incorporó como práctica regular, el aleccionamiento académico constante cuasi civilizador, según el cual, para pertenecer ahora al movimiento había que: ser empático, amable, deconstruido sexualmente, poner el proyecto colectivo por sobre el individual, tener formación política y espíritu crítico, no consumir alimentos procesados, volver a la naturaleza y repensar cada decisión y acción cotidiana como gesto político. Bueno. Es un montón.

Lo moral se comió el grueso de la discusión.

Mientras tanto, en lo material, la precariedad y la informalidad, avanzaron calladitas y se fueron instalando para quedarse.

Por otra parte, para nuestra generación, que nació con la primavera alfonsinista, sufrió la debacle del 2001 y se enamoró de la política en la gesta heroica nestorista, ese milagro es acaso el lucero que nos conduce, aún en la más oscura noche. Para los jóvenes, en cambio, es un cuento viejo, una historia repetida. Un tango que les cuenta sobre la nostalgia de un país donde vale la pena sacarse los zapatos, dejar un pote de agua y pasto para alimentar a los Reyes Magos Justicialistas que no solo cumplen, sino que dignifican, una tierra fértil donde tirás una semilla y florece una oportunidad.

¿Por qué las jóvenes generaciones ofrecerían obediencia y conformismo a una forma de organización social que no los incluye y no les habla?

 

El milagro argentino

Interrumpo la transmisión para contarles una breve anécdota ilustrativa, soy fanática de las historias, sepan comprender.

Como bien sabemos, en toda Latinoamérica, el acceso a los medios de producción cultural,  y formación artística, es desigual. Esto se replica en el teatro, considerablemente.

Acá en Moreno, una muchacha de la periferia, hija de dos obreros sumidos desde siempre en la informalidad,  hizo a lo largo de veinte años un camino cuesta arriba en el camino de la actuación. Imagínese ser la primera generación que no solo quiere estudiar, sino que se da el tupé de elegir qué.

Su talento magistral ya asomaba cuando a finales de los noventa, cuando fue condecorada con el premio a actriz revelación por su papel en la obra “Limpieza” de la Comedia Municipal.

No es para menos: su presencia en escena es conmovedora, se mueve por el espacio escénico como una pantera, con esa fuerza sublevada de la supervivencia y esa intuición corporal arrolladora que le permite tomar decisiones en milésimas de segundos (como la mano del Diego, como el muslo del Dibu) con esa intensidad sensible, de todo lo que el corazón sabe expresar antes de entender. 

Un animal de la actuación.

A lo largo de los años, sin herencia ni respaldo alguno, corrió más de una coneja, pasó duras épocas de vacas flacas, luchó contra viento y marea.

Sin embargo, llegó a consagrarse, actuando en la prestigiosa sala Martín Coronado del teatro San Martín junto a grandes referentes de la escena nacional como Daniel Fanego y Roberto Carnaghi.

Consagró, a su vez,  a su comunidad,siendo un orgullo para todxs lxs nacidxs bajo el signo de la periferia, y por supuesto, un ejemplo a imitar por todxs lxs jóvenes que empiezan a soñar con poder dedicarse al arte.

Usted me dirá, “es un relato sobre el milagro del  esfuerzo personal”. Pero déjeme decirle que le falta una parte de la foto, acaso invisibilizada por la naturalización de ciertas conquistas sociales.

Esta muchacha, hija de cabecitas negras, justicialistas hasta la médula, se consagró sin dudas gracias a la persistencia del deseo, la disciplina y su talento incuestionable (recojo a medias el guante meritocrático, si es eso posible) pero además, y fundamentalmente, porque pudo formarse íntegramente en la educación pública (jardín, primaria, secundaria, terciario), además de contar con subsidios del estado que la ayudaron a formarse, trasladarse, pagar los servicios básicos, etc.

Pero la historia no termina acá: hoy en día, esta muchacha, se ha convertido en una mujer, que además de ser una excelente actriz es docente de la escuela pública. O sea, que de esta manera, ella devuelve a su pueblo, lo que le fue dado en su momento, iniciando a los jóvenes en ese templo mágico llamado teatro, ahora, del otro lado del mostrador.

En palabras de la poeta argentina Natalia Carrizo: Cada cual merece el jugo de los trapos que no lava, y esto, es parte de la justicia.

Nosotros, a ese milagro, lo llamamos justicia social.

Este fenómeno argentino, mediante el cual el pueblo financia a través del estados, la educación y salud pública,  lo que permite achicar la brecha de la desigualdad para que todas las Muchacha, todos los Césares Gonzalez, todxs las Camilas Sosa Villada, puedan.

Creo que por esta hendidura debemos trozar el relato: la justicia social no se trata de “que te regalen el pescado”, es un sistema de distribución de oportunidades cuyo objetivo es que cada individuo de desarrolle en lo que mejor le sale,  y su vez, se ponga al servicio de su comunidad.

Es cierto que con el pasar de las oleadas neoliberales, la casa justicialista se ha agrietado, pero la solución, es reaccionar (refaccionar) y reparar, no destruir el techo que nos cubre.

Una cosa más: les ruego que tomen nota del gesto poético.

La muchacha de esta historia, que no es un personaje de ficción, sino una persona real, nacida y criada en el barrio Rififi de Moreno, no se llama Carmen, ni Fátima, ni Malena.

Se llama Milagros.

 

Matar a la ballena

Quizá les dimos servido en bandeja nuestra contradicción no resuelta.

Quizá somos presa fácil de lo que nos fue impuesto.

Quizá nos quedamos contándonos las costillas mientras detrás nos pasaban los elefantes, llevándose todo aquello de lo que nos podíamos valer cuando llegara la noche.

Supieron aprovechar las circunstancias desfavorables (guerra, sequía, pandemia)  y nuestros propios errores a su favor.  Lograron que el partido que más se acercaba al interés nacional y popular (aún con todas las falencias que me he dedicado a detallar) se convirtiera en una ballena que se tragó  a sí misma, colocando parche sobre parche en una grieta que terminó por hundirse en el fondo.

Un combinado de fuerzas mediáticas, un mundo que gira estrepitosamente hacia la derecha, como una suerte de solución mágica que proponen ciertos falsos profetas, al problema estructural que no se resuelve, que no mata ni termina de morir: un sistema mortuorio que amenaza con depredar todo.

Más allá de todas las consideraciones y matices, el objetivo es claramente terminar con lo público , ya no lo ocultan, es más lo vociferan.

El proyecto de la dictadura: terminar con la justicia social. Lograron ponerle el bonete a la ballena, demonizada, aparentemente la responsable de todos los males.

Recordarán la famosa frase: no vienen por mí, vienen por ustedes. 

Escalofriantemente cierto.

No supimos repartir fichas, y el cielo ennegrece.

 

La nave de Teseo

La embarcación justicialista fue sufriendo a lo largo de las décadas, más daños que reparaciones.

Partió como el sueño dorado de la plebe: el ascenso social, la distribución de la riqueza, los días más soleados y felices. Y hoy nos vemos embarcados (y embargados) en un tifón sin precedentes (o sí), acaso con el capitán atado de pies y manos, el timón girando hacia la derecha, y una tripulación que se disputa entre defender  una embarcación podrida, que es mejor que ninguna, y el resto, arrojándose por la borda, al grito de “sálvese quien pueda”.

El alerta meteorológico viene haciendo sonar las alarmas desde hace rato y desde el otro lado de la intemperie, quienes hace cincuenta años vienen anunciando el naufragio definitivo, (que por momentos se parece a una más bitácora de la nostalgia que a un marco teórico aglutinante), se afilan los colmillos.

Este barco ya partió llevándonos, hacia una corriente que viene revuelta,y que dicho sea de paso, ya sabemos de quién es la ganancia  cuando esto sucede.

 Aún así, estamos convocados a separar la paja del trigo, poner sobre la mesa cifras, datos duros, y adentrarse en los terrenos hostiles de los discursos del odio, con el diálogo como escudo, que es otra forma de resistencia.

En palabras de Juan Gelman:  Hay que aprender a resistir. Ni a irse ni a quedarse, a resistir. Aunque es seguro que habrá más penas, y olvido.

Ojalá podamos transformar la tristeza en organización, la ira en movilización, dejando susceptibilidades y orgullos de lado, porque, no seamos ingenuos, gane quien gane, puestos a elegir “lo menos malo” el que pierde, es el pueblo.

Tiempos oscuros se avecinan. Nos toca atravesar la tormenta, compatriotas.

Que el corazón nos guíe y la fuerza nos acompañe.

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