Narrativa

LA TIJERA 

Necesito decirte seño, es que…perdón, pero es que yo no pude, no la traje. 

Le quise  avisar a la mami, pero ella tenía brillosos los ojos anoche y andaba de acá para allá  como torbellino. Siempre se pone así cuando al Manu le empieza a faltar el aire, encima  Rober se fue hace muchos días, estaba muy borracho y la mami lo echó, pero él se llevó  la moto y no teníamos cómo llevarlo. Entonces yo le dije “dejá, ma”, me crucé del  Mono y él salió con todas las manos negras. Estaba arreglando los coches de las partes  esas que le traen (dice la mami que en algo raro anda el Mono), pero él enseguida se  limpió las manos gigantes que tiene con un bollito de trapos (son como trompas de  elefante los dedos, parecían recién sacadas del barro), y me dijo:

— Decile a la mami que se quede tranquila, que yo la llevo. 

Y entonces la mami los levantó a los demás, nos pusimos las camperas y en el camino  dijo “¡puta, me olvidé la frazada!”, yo le agarré así la mano pero ella no se dio cuenta,  estaba muy nerviosa. Yo le vi los ojitos llenos de vidrio… como si se le hubiera roto una  botella entre los párpados.  

Un día Rober rompió una botella en su espalda, pero esa vez la mami tenía fuego en  los ojos y le dijo: “¡rajá de acá, bestia!”. Y yo pensaba ¿dónde estará ahora el Rober?  Pero no dije nada para no poner más nerviosa a la mami, y no va que de golpe ¡pum! se  pincha la rueda del coche del Mono con unos vidrios de la calle.  

Frenó de golpe y la rueda hizo psss, se desinfló como globo. Bueno así que nos dice el  Mono “vayan, vayan, yo la arreglo”, la mami le quiso dar plata y él le hizo como que  no, dejá, así con la mano, y se puso a arreglar la rueda. Entonces las últimas cuadras las  hicimos caminando.  

Estábamos contentos porque teníamos que cruzar esa calle re gigante que pasan los autos casi volando, entonces no va que le digo a Aquiles: 

— ¿Dale que somos astronautas y cazamos cometas?  

No sabe, seño, sentía que me iban a llevar volando los coches cada vez que pasaban.  El cuerpo se me llenaba de viento. Bueno, cuestión que cruzamos corriendo de la  mano y no va que casi lo pisan a Brian, pero por suerte yo lo agarré de la capucha  fuerte y no lloró. 

“¡Gracias al cielo!”, dijo la mami cuando llegamos al hospital. No sabe, seño, es  gigante. Se siente un poco como un cementerio y un poco como Dios.  Nosotros estábamos contentos porque ahí sí mamá nos dejó dormir todos juntos y la  

señora del guardapolvo nos regaló alfajores y yo lloré porque no me quería volver, pero  mamá me dijo: 

— Tenés que ir a la escuela, no podés faltar más. Te llevan los abuelitos que yo  cuidaba, ya arreglé. Nosotros nos quedamos acá con el Manu. 

Y camino acá me acordé que hoy sí o sí, para hacer el adorno, tenía que traerla. Yo me  acordé, pero la mami tenía vidriecitos en los ojos, seño, parece que lo del Manu es un  virus y a mí no me alcanza con las monedas del recreo para comprarme una y entonces  quería decirte, seño, que yo no pude traer la tijera. 

 

EN MIS CHANCLETAS

Tranquila, que acá nadie le va a hacer nada. 

Ahí, al lado del anafe hay un balde. Cuando quiera tomar mate o tomar agua traiga de  la canilla de afuera.  

¿Escuchó? No vaya a tomar la de acá adentro que va a estar descompuesta veinte días  seguidos. 

Cuando tenga que ir al baño y tirar la cadena, tenga cuidado que no corta,  tiene que meter la mano y bajar usted la palanca. Hace rato que pierde agua la mochila  del inodoro, rompió las uniones de la tapa y anda floja, tenga cuidado, no  vaya a ser que le pellizque la colita. 

¡Pero vamos, mujer! Una sonrisita, era un chiste, para romper el hielo. La verdad  es que es bastante insulsa en vivo, en la tele parecía más linda. 

Bueno, le decía del inodoro: pierde, ahí va a ver que dejamos un tachito, no se  preocupe, ese no hace falta que lo vacíe, porque de ahí toman los gatos. La van a despertar las gallinas, sí, qué va a ser. Les tiene que dar la mezcla de semillas  que está en la bolsa de alpillera, poquito que sino se enferman. Cerca del atardecer  puede pasar a juntar los huevos, con cariño que si no la Manchi la va a venir a picotear. Guarda con la puerta de atrás, tiene rotas las bisagras, está así, presentada  nomás. No la vaya a abrir que se sale y chau se le metieron todos los perros adentro.  Ellos comen del arroz ese partido, el que está al lado de las semillas, también, una vez  por día. 

Si hace frío prenda el carbonero, pero no se vaya a quedar dormida que después la  tenemos que pagar por buena. Y sino póngase la bolsa de agua caliente. Eso  sí, no vaya a enchufar nada eléctrico que se salta la térmica. 

¡Pero! ¡Esa cara! Si ya le dije que no le va a pasar nada. Me da risa que esté tan  apichonada. ¡Ni que yo fuera la mismísima petisa orejuda, che! 

Hambre no va a pasar, quédese tranquila que tiene polenta, fideos y porotos como para  diez días. 

Si tiene que bañarse el termo es eléctrico, gas natural, acá, bien gracias.  Escuche, deje de lloriquear, preste atención que es por su bien. Primero lo calienta y,  una vez que lo calentó, desenchufa, no vaya a ser que se me quede pegada. Ya le dije que se quede tranquila. Es una semanita nomás, doña.  

Haga de cuenta que es como uno de esos retiros a los que se va siempre. Es para que usted, de una vez, entienda. Piense que, en el fondo, es amor esto. ¡Yo le  estoy brindando mi propia casa! 

Para que, de veras, pueda estar en mis zapatos. Mejor dicho, en mis chancletas. Usted va a vivir una semanita acá como yo vivo. Y yo, me voy de mi prima. Eso sí, no vaya a intentar escaparse porque ya sabe, es un barrio picante este. Además  

me imagino que habrá escuchado las noticias, en este barrio hay cada cosa suelta. Tranquila, mamita. Mientras se quede acá, no le va a pasar nada. Una semanita nomás. Después yo vuelvo, nos hacemos unos mates y entonces ahí vemos si tiene ganas de  

hablarme de esfuerzo y ajuste ¿eh?… A ver cómo le sienta a usted el sacrificio. A ver si podemos hablar, de una vez por todas, de igual a igual, usted y yo.

¿Le parece, señora gobernadora? 

 

8M

Hoy me desvelé a las seis, como ayer, anteayer y antes de anteayer. No sé bien que me pasa. Ando sensible, con el llanto en la punta de la lengua. Hace  cinco días que me tiene que venir ¿será por eso? ¿o porque me acordé de mi vieja? Por  fin conseguí trabajo de lo mío, en una escuela hermosa. Todo el día le recé que me  ayudara, le prendí velitas. Y me tiró una soga, desde allá, una vez más. Me hubiera  gustado que vivieras en esta época, que hubieras podido contar tu secreto, que te  hubieras preguntado alguna vez qué era lo que vos deseabas. ¿Será por eso que me  desvelé? 

Me quedo dando vueltas en la cama, apago el ventilador, busco una frazada. De  costado miro el armario y me doy cuenta de que no preparé la ropa. La mañana está  bastante fresca. Hace rato que quiero ponerme esa pollera de jean que me hizo con un  pantalón viejo mi amiga Guada. Pero no, la bici, la hora. Mejor algo suelto, que me  tape. Pero, por otro lado, es el trabajo, no puedo ir así nomás, desprolija. Me levanto,  me pongo un vestido suelto y unas chatitas. No es lo que más me gusta, pero bueno, me  tocará sentirme linda otro día, otro mes, otra vida. 

Son las 8 am. Agarro el teléfono y leo el mensaje de Vicky. Finalmente va a bajarse  de la obra de teatro que hacemos juntas. Termina a la medianoche la función y tendría  que volverse sola, viajando hasta Laferrere. 

— Es una pena, pero creo que estoy en la misma de siempre. Afuera por lejanía, por  periférica. Todo lo linda que pudo haber estado la función se desvanece cuando  empiezo a caminar apurada por las calles, en estado de alerta, pegada al teléfono  en el bondi para no sentir tanto las miradas invasivas. Es más, el otro día me tomé  un remís cuando llegué a Lafe, y le dije al tipo que doble por la avenida. ¿Podés creer que siguió por el camino más oscuro? Esas seis cuadras hasta que volvió a  una calle transitada fueron un infierno, el corazón me palpitaba y pensaba ¿por qué  no tendré una navaja en la cartera? Lo único que atiné a hacer fue mandar audios  inexistentes para que pensara que me estaban esperando despiertos en casa.  

Los nenes duermen, espero que hasta tarde, así no se les hace largo. Desde que se fue  el padre los dejo solos. Sí, ya sé, no son bebés, pero igual me da cosa. Les doy un beso  en la mejilla y sonríen dormidos. 

Camino al trabajo, pienso si el tipo habrá disfrutado ese momento de perversión.  ¿Habrá sentido acaso poder al ver la cara de terror de Vicky por el espejo retrovisor? Un tipo, otro, empieza a seguirme con la moto, despacito, atrás mío. Justo en una casa  están sacando el auto para ir a la escuela (los nenes están con uniforme). Me paro en la  casa, con la mirada cómplice y atenta de la madre. La moto sigue para el fondo. En un  segundo que nos miramos a los ojos, sin hablar, yo le digo “gracias, viste cómo son  estos enfermos” y ella me dice “sí, la verdad, de nada”. 

Llego al trabajo y siempre sonrío, no quiero que me pregunten qué me pasa. Un poco  de malhumor me agarra. Otra vez no hay ni café ni azúcar, otra vez yo llego temprano y  él tarde, otra vez la pila de expedientes que él ayer dejó sin terminar, otra vez la misma  historia. 

Cuando salgo, dejo la bici en una guardería y me atiende José, el amigo de mi viejo.  Me pregunta por mi marido. 

— Ya te dije, Rubén, estoy separada. 

Y Rubén insiste: 

— No es bueno estar sola, perdonalo, así tienen un bebé y todo se arregla.  — Mirá José, mi exmarido no sólo no trabajaba, sino que se deprimió, se puso a  tomar, y un día me agarró del cuello y me amenazó delante de los nenes. ¿Eso  querías escuchar? 

Rubén se queda callado, me da el papelito con el número 803 y baja la mirada. — Saludos al profe, escucho que me decía, mientras me iba. 

En el colectivo me encuentro a Myri, mi vecina, que se recibió de médica y está  trabajando en el Hospital Posadas.  

— Es bastante cuesta arriba, amo mi trabajo, pero no sabés las cosas que vemos. Nos  llegan baleados, desnutridos, nenas violadas. Es muy duro, y la exigencia, el triple.  Con Mauro estamos pateando lo de tener un bebé porque si me ven embarazada  chau, pierdo la residencia. 

Paso por el cajero, hay dos cuadras de cola. Hoy no voy a poder sacar, los nenes  estuvieron muchas horas solos. Le mando un mensaje a mi hermana para que me preste  de nuevo. Cuando haya menos gente le devuelvo. 

Hoy es la marcha del 8M, la quería llevar a la nena, sé que es importante, pero estoy  fundida. Ojalá podamos ir a la que viene. 

Y cuando llego a casa, cansada, podrida, me transformo en mi mejor versión, o la que  me queda, la que me alcanza. Los abrazo, les pregunto cómo andan. — Bien mamá, hoy de nuevo me estuvo diciendo “gorda” Joaquín. Le fui a decir al  profe pero me dijo que no sea maricona. Yo quiero empezar el gimnasio, ma. Ah,  y tendría que ir a particular de matemática. ¿Te conté que a Anto la manoseó el  primo? Sí, ese, el de veinte. Ahora se viene un re bardo, la madre le dijo que para  qué lo contó, que si ella lo dejó es porque también quería, no sé, un lío. Mamá, nos  quedamos sin comida de gatos. ¡Ah! Y para Construcción de ciudadanía me dieron  tarea. Tengo que contestar con mis palabras esta pregunta. Pero ni idea, ma: ¿qué  es el patriarcado? 

 

MONOS 

La primera vez que escuché del fenómeno de los monos fue en el furgón del tren  Sarmiento. Volvía de un ensayo en el Abasto y, como siempre, buscaba en los  auriculares un poco de refugio. Pero justo ese día la batería del teléfono me jugó una  mala pasada y no me quedó otra alternativa que escuchar la conversación de tres  pasajeros de los que me separaban un carro de chatarra, un bolsón de chucherías del  Once y un borracho dormido. 

Se ve que siempre se volvían a esa hora y ya se habían hecho amigos, porque subieron  con la cerveza en un envase de Coca y enseguida sacaron las cartas para jugar al truco.  Al rato engancharon a un cuarto que estaba sentado enfrente. 

— Bueno, pero miren que en Morón me bajo. 

Juan sonrió, miró a los otros y les dijo: 

— Mejor, imposible. 

— Juan, contale lo que contabas el otro día a este, al Pollo. Yo ayer le quise explicar  pero no me cree. Que la estamos flasheando, que nos pegó mal. No me cree el muy  gato — dijo Rober. Grandote, sonriente con mirada de pícaro y muy (muy)  transpirado. 

Y entonces Juan, el flaco alto, evidente líder del grupo, terminando de pasar la lengua  sobre el papelillo con mucha paciencia, los miró a los tres y dijo:  

— Envido. 

— ¡Dale flaco, dejá que cierre la puerta que sino no arranca! — gritó una chica que no  tendría más de diecisiete años, con un bebé prendido a la teta. 

Cuando dejó de sonar la alarma (señal de que estaban cerradas todas las puertas de la  formación), cuatro minutos después de lo que prometía el horario, el tren arrancó. Juan, después de cantar los veintiocho de mano, tosió un poco, le dio un trago a la  cerveza y dijo: 

— Te voy a contar. Pero te voy a contar una sola vez, cuando lleguemos a Flores, terminemos tranquilos el faso y esta mano de envido y truco. ¿Alguien cantó? Uy, mirá  que estoy re cargado, mi pie ya lo sabe. 

— ¡Así no se puede jugar, che! ¡Ligan siempre! Pasame la birra— dijo el Pollo.  — ¿Y? ¿Vas a contar o no? ¿O es puro chamuyo? veintinueve son mejores. ¿Ya  estamos en las buenas? 

— Sí a las dos— le respondió Juan. 

Para la altura de Liniers ya estábamos muchísimo más apretados y todo el furgón en  silencio, cuando Juan empezó a contar: 

“Resulta que cuando La Flaca quedó embarazada de la primera nena no teníamos  dónde ir a vivir y yo solamente andaba de changas. Le veía crecer la panza y me  desesperaba, buscaba laburo onda en blanco pero era muy pibito y no me tomaban en  ningún lado. Yo sabía que allá cerca de mi tía, en Villa Sala, al fondo, siempre andan  tomando. Pero yo no quería saber nada. Ya en esa época tenía mala fama. Pero bueno,  fue pasando el tiempo y no me quedó otra. Me presenté y me tomaron enseguida.  Arranqué un miércoles al mediodía. Te juro si hay algo que no se te borra, es el olor. Se  te mete en la ropa, el pelo. Te refregás y nada, no se te va. Es como una maldición.  

Los primeros días fueron tranquilos. Tenía que vaciar los baldes de tripas, separar los  pelos, limpiar los cuchillos con sangre. Qué se yo, un poco de impresión nada más. Y yo  veía que había como un balde con una roldana que iba corte a un subsuelo, pero ni idea  que había ahí debajo. Un día vino el jefe, el dueño bah, todo elegante, así, re  empilchado, y con dos encargados abrieron una puerta de la cámara y bajaron.  Estuvieron como dos horas y después subieron, como si nada. Yo ya olí que algo raro  había, le pregunté al otro día al encargado y me dijo ‘No hay nada, no te metás. Acá, si  querés laburar bien, callate y tratá de pasar desapercibido’”. 

En Morón subió un señor grande, El Profe, de barba, vestido de traje y con maletín.  Tenía una bicicleta Mountain Bike profesional, esas que usan en las carreras. Pidió  permiso, acomodó la bici justo enfrente de la mía, en uno de los ganchos colgantes y le  puso candado. 

— Con esta no puedo arriesgarme, me dijo, y me guiñó el ojo. 

Se sentó al lado de Juan. 

— ¿Tiro los reyes?  

— Espere, Profe. Hoy Juan le está contando al Pollo lo del otro día –dijo Rober–.  Viene lerdo el partido. 

— Ah, bueno, me interesa ese relato kafkiano –dijo el Profe y sacó del maletín una  pipa y su propia lata de cerveza. 

— ¿Kafqué? –preguntó el Pollo. 

— Cuando termine Juan yo les explico lo de kafkiano y de paso les cuento lo de la  radio –dijo el Profe. 

— ¡Ah! ¡Cierto!, ahora es famoso el profe— dijo el Rober. 

Entonces continuó Juan: 

“Empezó a ser muy duro, más allá del cuerpo, que se te arruina, como si hicieras un  pozo negro o revoque fino todos los días. Lo duro era no hablar. Nadie hablaba, sólo  cuando paraban a comer y decían dos o tres palabras. Los supervisores eran medio  amargos pero yo trataba de hablar de lo que sea como para poder decir algo, no sé. Los  tipos eran como lomos ¿entendés? Un lomo que carga, que lleva, que corta. El lomo no  mira, no siente, no piensa.  

Un día llegué a casa y le dije a la Lore ‘no doy más, me estoy convirtiendo en un  burro, en una bestia’. Te juro que salía y lo único que podía hacer era mirar un poco de  tele, comer, tomar cerveza y ponerla. Y nada de previa y que ella disfrute. Ponerla.  Posta que me estaba afectando. 

Muchas veces dejaba de ver a algunos compañeros y ni sabía qué les había pasado, si  se habían lastimado bajando las vacas, si se habían enfermado, si habían renunciado o se  habían muerto. Y todo el mundo, como si nada, dele laburar como perro. 

¡Mirá que yo estuve en laburos pesados, eh! Fábrica, repositor, albañil. Pero viste que  siempre enseguida te ponés apodos…” 

— Como el Pollo, el Mono o el Profe –acotó el Profe. 

“Claro, al toque empezás a joder, a hacer chistes, organizar el morfi, el fútbol y hablar  del mismo laburo. Acá no. Era como entrar en una tumba. 

Y no va que un día, en el almuerzo, me doy cuenta de que me había dejado la gorra  adentro de la cámara. Entonces entro para buscarla y veo que dejaron la puerta abierta,  la que da al sótano. Y dije ya fue, quiero ver. 

Nunca voy a olvidarme lo que vi. Lo juro (y hace una cruz besando el dedo índice).  Lo tengo como tatuado acá adentro de la retina. Bajo así por una escalera, toda oscura.  Llego como a un sótano, tipo un galpón con caballetes, heladeras viejas y más allá los  corrales. Y miro los corrales y te juro que había como veinte monos, y digo monos  porque ya no eran tipos. Veinte monos pelando chanchos con las cuchillas. O sea,  gorilas, no sé. De nuestro tamaño serían. Te lo juro por la viejita que me parta un rayo  ahora mismo que eran monos. Ya tenían la espalda así encorvada, la mandíbula para  adelante, los brazos bien largos. Todos peludos. Se ve que les habría crecido el pelo del  frío, andá a saber. Y cuando se querían alcanzar algo, hacían como un sonido, tipo  MmmJum, que sé yo, algo así. Y en una de esas, uno me ve que estoy ahí. Me mira. Se  para. Mira el cuchillo que tiene en la mano y me hace mju.”

— ¡Bu! –le gritó Gustavo al Pollo, que pegó un salto y un grito que nos hizo reír a  todos.  

— Dale boludo… ja joder. 

Siguió Juan: 

“No sabés el cagazo que me pegué. Salí corriendo. Le dije al supervisor que estaba con  diarrea, que no daba más y que me iba a mi casa. Me fui corriendo y nunca volví. Ni  pasé a cobrar la liquidación, nada. Y más vale que nunca dije nada. Ni se me ocurría  hablar de eso. Tenía miedo de que me pasara algo si contaba. Le dije a la Lore que me  banque y, por suerte, a las dos semanas ya conseguí en Makro. Bueno, como saben,  después me animé a laburar en otro frigorífico hasta el día de hoy, pero este no tiene  nada raro. Bah, salvo por ustedes que son medio loros”. 

— Tu vieja. 

— Dale Rober que queremos escuchar— dijo el profe. 

“Volviendo. Te juro que por muchos meses soñé con esos pobres tipos, bestias, monos.  No sé cómo decirles. Con el cuchillo en la mano se aparecía uno debajo de la cama, me  miraba y me decía ‘ayudame’”. 

— Pero… ¿al jefe no le traía bardo tener unos monos ahí? –preguntó Rober. — Nunca supe de monos que pidan aumentos y armen sindicatos –dijo el Profe.  — ¿Y por qué es que ahora te animás a contarlo? Si es verdad, el jefe no sólo va a ir  

preso sino que se le van a venir encima la Interpol, la CIA y los expedientes X – dijo el Pollo. 

— Digamos, en el caso de que todo esto sea cierto y no como los 23 o 24 con los que  seguro este caradura cantó la falta –dijo el Profe. 

— Ma qué CIA ni CIA, si para ellos los monos somos nosotros –agregó Rober. — Se lo juro, Profe. Porque tengamos un accidente ahora mismo, es cierto. Ahora  puedo contarlo porque me avisó mi tía que la semana pasada se quemó  “accidentalmente” el frigorífico. Seguro alguno estaba por cantar todo o se le  escapó al barrio alguno de esos bichos. Entonces el tipo habrá elegido quemar toda  evidencia y cobrar el seguro. 

— Quiero, treinta y uno –dijo el Profe. 

— Merlo, acá me bajo. ¿Sabe qué era lo que más me dolía, lo que más me  obsesionaba? Pensar que los pobres tipos se fueron transformando de a poco, sin  darse cuenta. ¿Usted sabe que a las ranas las hierven calentándoles de a poquito el  agua? Les van subiendo de a poco a la temperatura, se van acostumbrando, hasta  que revientan. ¿Entiende? Yo creo que ellos, los monos, ya ni debían pensar, así,  cómo puede hacer uno. Y que capaz no sean los únicos, ¿eh? Yo estuve así de  cerca. Zafé. Pero ¿y los que no pudieron? Terrible. 

Ya casi acariciando la puerta, mostró: 

— Acá están. Treinta y tres de mano. 

Y se bajó Juan, dándole el último beso a la botella. 

Nos quedamos todos callados, incluso el Profe, que despacito se puso en silencio a  sacar la cadena. Me acerqué, le di un beso. 

— ¿Qué hacés pa?

La imagen de los monos corría con frenesí por las vías de nuestras mentes, mientras el  vaivén del vagón nos mantenía así, taciturnos. Hasta que la voz del altoparlante rompió  el silencio: 

“Estación Moreno, final del recorrido. Regresa coche vacío”.

 

QUERÍA DECIRTE 

Quería decirte que te quedes tranquila, que yo mañana me levanto a darles de comer a  los bichos, no hace falta que tomes frío.

Te lo quería decir, pero salí del baño y ya estabas dormida. Sí, sí ya sé. Es por la  salida. Que vestirse, tomarse el colectivo, comer afuera (“¡Una sola vez al mes, eh! Así  que elegí bien”, te digo siempre), se hace tarde, volver. Bostezaste y te sonreíste. — Ya no estamos para estos trotes –dijiste. Yo asentí.  

Te dio risa tu cansancio, tu edad. Siempre, hasta en los momentos más ruines, más  duros, podés encontrar el lado cómico.  

Y mirá que los hemos pasado, eh: la enfermedad del más grande, los problemas en la  escuela del más chico, cuando tuvo el accidente tu vieja, el juicio, la casa embargada  (¡cómo nos cagaron!), cuando me quedé sin laburo, el corralito. Vos siempre ponías  paños fríos, siempre me tranquilizabas y me hacías chistes tontos para que se me pasara  y me riera.  

Quería decirte que siempre admiré eso de vos. Pero bueno, un poco ya lo sabés.  También sabés que soy duro, me cuestan esas cosas, me hacen sentir un blandengue.  También quería decirte que estos últimos tiempos ando medio fastidioso, no sé… me  di cuenta de pronto de que nuestra vida es levantarse, poner la pava, comprar el diario,  preparar la comida, ver algo en la tele. La siesta. “A las doce tu pastilla no te olvides,  tres y media la otra”. Y la de la noche, antes de dormir, los dos tenemos que tomarla.  Esa sí o sí, siempre. 

Sí, ya sé, siempre te dije que me gusta la rutina, que nos gusta, pero en realidad no sé  si nos gusta o es lo único que conocimos.  

Quizá eso me tiene fastidioso. No sos vos, no es con vos, por más que a veces no te  miro tan bien o te contesto cortante. No es con vos.  

Pero ¿qué voy a decirte? cincuenta años de casados, si me conocerás. Como el camino  a Balcarce ida y vuelta, de memoria. Con los ojos cerrados. 

Desde hace veinticinco años salimos a comer. Cuando se pudo, una vez por mes,  cuando no, más espaciado. ¿Te acordás esa vez en Balcarce? Tendríamos veinte años,  estábamos recién casados. No estaban los chicos todavía. Había una pareja de viejitos al  lado nuestro, y empezamos a hacer de cuenta que éramos ellos, un poco con ternura y  un poco con sorna: “Bueno, hoy te toca, hoy me tomo la pastillita y te toca. ¿Te  depilaste? ¿Cómo que no? ¿Seguís con lo de la ciática? Qué barbaridad”. ¡Cómo nos  reíamos! Nos imaginábamos los cuerpos desnudos y nos reíamos. De las dificultades,  las conversaciones, los achaques. Vos me hacías reír mucho. Siempre fuiste la más  graciosa de los dos. También la más inteligente y la más fuerte, pero eso no me animo a  decírtelo ni loco. 

¡Cómo nos reíamos!¡Qué épocas! Cómo nos besábamos, cómo nos ansiábamos, cómo  nos amábamos. Qué pasión. Qué locura. 

Y ahora, bueno, me cuesta. Soy duro. 

La verdad, me tiene preocupado cuando nos llegue la hora. ¿Si sufrimos? ¿Si pasan  los días y nos encuentran los chicos? Hasta pensé en mandarles día por medio un  mensajito, como de señal de vida. Pero sí, ya sé, estás loco me vas a decir.  

Recién abriste un poquito así el ojo, como preguntándome ¿todo bien? Shhh, dormí,  dormí. Mientras te acaricio, te miro. Siempre me gustó mirarte dormida. Quería decirte que por más que me haga el chinchudo, sé lo triste y vacía que sería mi  vida si me quedara solo.

Y quería decirte que… ¿viste aquella vez que creímos que nos estábamos riendo de la  vejez? Era la vejez la que se estaba riendo de nosotros. 

 

PÁLPITO 

Todavía es de noche cuando se levanta y le cuesta despabilarse porque casi no pegó un  ojo por el calor y los zumbidos. Se levantó tres veces: a poner el espiral, al baño y a  mojarse un poco la nuca. Antes de salir se toma tres mates, le da un beso a la Flaca que  está dormida, le deja agua al Rayo que le mueve la cola, lo acaricia y sale.  

Apenas pisa la calle siente el pálpito: algo va a pasar. La vieja le decía que por  pisciano era que intuía tanto y siempre le repetía: “no dejes de escucharte”. No es el  primer pálpito que tiene: cuando le robaron la moto allá en la ruta 3, cuando lo estafaron  con el auto, cuando la Flaca se fue a Corrientes embarazada y tuvo que a dar a luz al  tercero en el micro. Tenía un presentimiento de que en cualquier momento algo lo podía  sorprender. No sabía exactamente qué… algo. Era como un hilito de advertencia que  tiraba desde adentro. 

Casi vuelve a dejar la billetera, para ver si es eso lo que palpita. Pero si vuelve pierde  el bondi de las y veinte. Ma sí, total, lleva la llave, la sube y en la billetera el documento  viejo y cincuenta pesos. Por las dudas. Nunca se sabe. Como están las cosas quizá lo  agarran yendo a la parada del colectivo.  

A las cinco de la mañana es el mundo antes del mundo. Como si fuera la antesala. Es  la hora en que los obreros despiertan y ponen en marcha el motor productivo, sin  sospechar acaso, que son no sólo el chasis sensible, sino también, el combustible. 

Se sube al colectivo. Son ocho pasajeros, como casi todo este mes. Hubo meses que  llegó a haber quince. Todos se saludan con la cabeza, eligen la ventana, apoyan el bolso  en el otro asiento porque a esa hora es su único acompañante y miran por la ventana.  Quizá disfrutan ser movidos sin moverse, quizá buscan desesperadamente ver algo  extraordinario, quizás viven con placer su único momento de ostracismo.  

Baja y cruza la ruta, de a poco se va asomando el sol. Esquiva los charcos y el barrial  que dejó la lluvia de estos últimos días. Corta por los pastizales y se lo encuentra a  Pollo. Le sonríe.  

— Y es así — le dice. Somos como huevos, o tamos fritos o pasados por agua. Siempre lo hace reír el Pollo. Y eso que él no la tiene fácil. Hace dos años perdió a la  señora de un cáncer fulminante. En seis meses la consumió. Dejó dos nenas, una de  cinco y otra de dos. Sin embargo, por más que en los ojos se le posó una sombra, un  halo de tristeza casi físico, siempre los hace reír el Pollo. Siempre hace chistes. Les  inventa anécdotas de las mujeres desquiciadas con gustos sexuales insólitos con las que  salió anoche sólo para hacerlos reír. Le gusta disfrazarse de mujer y hacer bromas  pesadas. El Pollo, qué personaje, dicen siempre. 

Cuando van llegando a la puerta del frogorífico ven que están todos afuera. — Cagamos — dice el Pollo.

Y él piensa: “yo sabía, ya me palpitaba que algo iba a pasar”. 

Llegan a la puerta y están todos con cara de velorio. Se acerca el Turco y les da un  papel. 

— Un papel nos dejaron los muy hijos de puta, un papel — Lo lee, se lo guarda en el  bolsillo, le da un abrazo al Pollo y pega la vuelta. 

De espaldas escucha que el Turco le grita:  

— ¡Ey! ¡No! ¡Che! ¿A dónde vas? No vamos a quedarnos así, vamos a reclamar o de  última prendemos fuego todo. 

—Ya está. 

— ¿Eh? 

— Que ya está. Me voy. Quiero ir a mi casa.  

Al volver se siente descolocado. No pertenece a ese mundo de las seis.  Se sube al colectivo, y en sus párpados se cuela el recuerdo de él de pibe, caminando  por los yuyos. yendo con su primo a arreglar la bici. Esa tarde caminaron treinta cuadras  con la bici pinchada, y cuando llegaron, la gomería estaba cerrada. Tuvieron que pegar  la vuelta, y la bici les pesaba el doble. Como si la frustración se materializara. Ese pibe  lo visita, lo mira a los ojos. Él le ruega en silencio, que por favor, no le haga. Esa  pregunta. “¿Qué hiciste conmigo?” Antes de poder contestar, se le aparecen el puré frío  de la vieja, los mates cocidos para cenar en los inviernos de la hiper, la fila para recibir  la caja Pan, el tornado volando las chapas, las zapatillas apretadas de los hijos de la  patrona para poder ir a la escuela, las botellas en el changuito que juntaban con la Amira  para cambiarlas por útiles. El día (ya dice verano más adelante y además no corrés por  los techos todo un verano, temporalmente es más correcta la palabra día) que se fueron  corriendo de la terraza por los tiros, el cumpleaños brindando y pidiendo al gauchito Gil  para que cuide al tío Celso en el frente de batalla. Los veranos, los viajes en micro… ¿Por qué cuándo algo duele mucho, le pega un chiflido a todo lo que alguna vez  dolió? 

Se le viene La Flaca. ¿Y con qué cara le digo? Se va a enojar. Y los nenes, y la cuota,  y el Pollo, siempre el Pollo. No deja de pensar en él. ¿Qué carajo va a hacer el Pollo  ahora? 

Cuando baja del colectivo siente los hombros pesados. Se mira las manos vacías. Y se  siente tan cansado como si veinte años se le vinieron encima. Siente un vacío infinito y  sabe que tendría que llorar, que es uno de esos momentos donde hay que llorar. Como  cuando se murió la señora del Pollo o cuando no volvió Celso. Pero no le sale. No se lo  enseñaron. Sabe que tendría, pero no. No puede. 

Llega a casa, el Rayo le mueve la cola. Ya se empiezan a sentir los grados que suben y  anuncian otro día de cuarenta de térmica. Entra, apoya el bolso y se sienta. Y se queda  ahí, sentado, mirando la mesa. Abatido. No sabe si pasaron cinco minutos o una hora  cuando se levanta la Flaca. 

— ¿Qué pasó, negro? 

— Poné la pava, vení. Sentate.  

— Negro, no me asustes.  

— Vení, sentate. Mirá.  

Se saca del bolsillo el papel y le muestra. La Flaca rompe en llanto.

— No, no llores que me haces sentís peor.  

— No es por vos, lloro de bronca…de impotencia. Me da bronca la injusticia. ¿Con  un papel tenían que avisarles? ¿No les podían decir en la cara? 

En silencio, se miran.  

— No sé qué decirte, Flaca, perdoname. En serio. ¿Y sabés qué? No dejo de pensar en  el Pollo. ¿Qué va a hacer el Pollo ahora? 

Y ahí la Flaca llora más y se tapa la boca para no hacer escándalo. Él la abraza. Y ahí  sí, afloja y llora también.  

— Está bien…llorá. Te hace bien. Aprovechá ahora antes de que se despierten los  chicos.  

— Te juro, Flaca, que me lo palpitaba. Nomás fue salir a la calle y ya lo sentí, al  pálpito.  

— No te preocupes. Algo vamos a hacer. Con lo que te paguen podemos poner una  parrilla acá afuera, a vos que tanto te gusta el asado. ¿Querés? Vos cocinás y yo  atiendo. ¿Qué te parece? 

— Gracias flaquita, podría ser… 

Entonces la Flaca ya no llora y vuelve a ser la flaquita de ojos inquietos de siempre.  Ella siempre de acá para allá. No se le escapa nada y anda a los saltitos, encendida,  chispeante como el sapucay del chamamé.  

— Sí, sí, ya mismo me pongo a averiguar todo. Le pido a mi papá la parrilla y a la tía  la mesa… dejá, yo me ocupo.  

— Gracias, flaquita. 

— Y mañana mismo lo llamás al Pollo y le decís si quiere ponerse la parrilla con  nosotros y si necesita que le cuidemos las nenas y… 

— Shhh. Pará Flaca, ya pusiste tercera y estamos todavía en el punto muerto.  Escuchame, pará. Menos mal, pensé que te ibas a enojar.  

— Noooo, vamos a salir. De esta y de todas.  

La agarra de los cachetes y le sonríe. 

— Gracias, flaquita. ¿Qué haría yo sin vos? ¿Qué sería de mí sin mi flaquita? Y entonces la Flaca lo besa y le pasa la mano por la mejilla. Se acerca a la oreja y le  susurra: 

— ¿Sabés qué pasa? Yo soy de Corrientes. Y los correntinos somos como el río: sólo  sabemos ir para adelante. 

 

DESDE LA ESQUINA 

Pensar que me pedías por favor que te llevara de la mano, y desde abajo me mirabas con  esa sonrisa pícara y cómplice. 

Mi picarona, te decía yo. 

— Papi, llevame en la Toto. Como no te salía moto, le decías así.

La Toto. Si nos habrá llevado a las plazas las tardes de sol, al dique, a las “montañas”  (para vos que eras tan chiquita eran montañas) de la autopista. Con frío, con sol. Te  gustaba ir en el medio y que te hiciéramos “sambuchito”. 

Desde que empezó el año empezaste con eso de que querés ir sola. Que estás grande  ya, que te da vergüenza esa moto toda destartalada, que esto, que aquello. Tu madre  estaba por ceder, pero yo no. Ni loco. Prefiero, como siempre, ser el ogro y  acompañarte, y verte que hayas entrado bien desde la esquina. 

Ya sé que eso te enojó y estuviste dos semanas sin hablarme. Distante. Yo me hago el  fuerte, el que no me importa, pero cuando nadie me ve me voy al fondo y le doy a la  leña con el hacha. Puteo y me pregunto cómo se hace. Maldigo esta puta edad. Pienso y  le doy vueltas. Y hasta a veces lloro. 

Sé que fueron exactamente dos semanas por lo del cumpleaños. Yo estaba como  tarambana por soplar directamente, cuando me sorprendió tu voz justo detrás mío. — Los deseos.  

Y yo no reaccionaba, porque me habías hablado.  

— Que pidas los tres deseos, papi.  

No lo podía creer, escuché de nuevo ese dulce “papi” como hacía creo que dos o tres  años no me decías.  

— Estamos esperando que pidas los tres deseos, papi. 

— ¡Ah, sí!, dije.  

Se me puso la mente en blanco, me lo saqué de encima y soplé enseguida. Como  cuando en el tutti frutti decías cero y, un segundo después, zeta. 

Te digo la verdad, no deseé nada, hija. Si te enterás te vas a enojar, porque vos y tu  madre dicen que es de mala suerte. Es que hace tanto que no deseo, que no fantaseo.  Hace tantos años que me puse el cassette de todo lo que tengo que hacer, de ser el  hombre de la casa, de la plata, las responsabilidades. Vas a pensar qué pavo. Pero el  deseo es un músculo que se atrofia si no lo ejercitás. 

Bueno, qué te voy a salir con toda esta cantinela ahora a vos. Algún día por ahí me  entendés. Pensándolo mejor… ojalá que no. 

Yo pienso que tengo que estar fuerte, que tengo que ser la base donde vos te parás. Si  yo dudo, si yo flaqueo, ¿qué te queda a vos? Siempre pensé así, y ahora estoy grande y  me cuesta cambiar. Parece que sé todo, que estoy seguro, pero no.  

Ya no soy el superhombre que te desataba los nudos de la soga de saltar y te pegaba  las muñecas rotas, el genio que resolvía las cuentas mentalmente, el guardián que no le  tenía miedo a nada y te protegía de cualquier pesadilla que osara molestarte. Ya no soy  ese. Ya no sos esa. Somos otros, aunque seamos los mismos. 

Tu madre me recrimina que parezco de acero, que no me afecta en nada. Pero en el  fondo sabe, me conoce ¿Cómo no me va a afectar? ¿Cómo no voy a tener miedo?  Miedo de la noche, miedo de las drogas. Que no te quieran, que te lastimen, que te pase  algo en la calle y yo no esté ahí para protegerte. Que te dejen embarazada. La otra vez  me salió con lo de que te hable de ese tema, de cómo cuidarse. Ta loca. Yo no puedo. Se  me cae la cara. Mejor que te hablen de esas cosas en la escuela.  

Pero la verdad es que mi mayor miedo es que te alejes tanto que ya no me quieras  más. Pero si es lo que necesitás, el ogro con quién pelear, el que te marque la cancha, lo 

voy a hacer. Lo que sea que haya que hacer, voy a hacerlo. Es así. Lo asumí desde el  primer día que te tuve en brazos.  

Algún día quizá podamos volver a hablar sin hablarnos, como en la época de la Toto.  Tan tarde vengo a descubrir qué es lo más importante: que la palabra más hermosa  que pueda decir mi boca es familia. Pero bueno, ¿sabés qué? Por ahí esto te ponga  contenta, para el próximo cumpleaños, ya tengo mis tres deseos: 

Mi primer deseo es que ascienda El Gallo, mi segundo deseo es que me vuelva a  crecer el pelo en toda la cabeza y mi tercer deseo es… quedarme con todo lo malo, y que  te quede todo lo bueno. Poder absorber todo el miedo, toda la frustración, todo el daño,  y que a vos te queden los sueños, el disfrute y la libertad. 

Sí. Ese es mi deseo. Ver cómo te realizás, plena, mientras yo te espío y me sonrío,  mirándote… Desde la esquina.

 

TODAS LAS HORAS IGUALES 

Un cuarto, dos camas, tres noches que llegamos. 

Cuatro meses dando vueltas sin diagnóstico, cinco especialistas opinando del caso.  Seis meses sin ir al trabajo. Me dijo el Señor que ya no vuelva, que tuvo que llamar a  otra, que no puede estar con la casa hecha un desastre. 

— El control remoto está roto, no se apaga –avisa la enfermera–. Si quiere se lo  desenchufo, al tele.  

“Debe ser cordobesa, que le dice así”, pienso.  

— No, está bien, déjelo así, encendido nomás –le digo.  

Es la única manera que tengo de diferenciar una hora de otra, de sentir que avanza el  tiempo. 

Dicen que siete vidas tienen los gatos, ocho rosarios rezo cada noche para que vos, por  lo menos, tengas esta. Nueve intentos para ponerte el suero, sos flaquita, tus venas ya  parecen de papel. 

En la tele, un pastor vende arena de Israel que cura a los enfermos y hace caminar a  los paralíticos.  

Diez veces aumentó la comida este año, y mi sueldo, ninguna. Once estaciones en  tren, para que puedan verte un ratito los abuelos.  

— Ojalá que no nos agarren las fiestas acá, y podamos brindar ya juntos todos en  casa, cuando den las doce— dijo el papi apenas entró al cuarto.

En la tele, en una novela mexicana, la hija de la mucama se salva casándose con el  niño rico, hijo de la patrona. 

Trece años recién cumplidos, tanta expectativa con la secundaria. Catorce semanas sin  clases, por una escuela que explotó en pedazos y se llevó, por los aires, dos vidas.  Todavía no lo podemos creer. La perturbadora noción de que somos un hilo que en  cualquier momento se puede cortar.  

En la tele, un cocinero cocina en la playa y una modelo le sirve vino en la boca. Quince años cumplió la prima. Por suerte postergó la fiesta para más adelante.  Dieciséis días sin llover. Al parecer hace un calor espantoso afuera. Acá estamos como  adentro de un paréntesis, por eso prefiero la tele día y noche a la nada misma. O sea, a  todas las horas iguales. 

En la tele venden una faja mágica que achica las caderas y la panza. Diecisiete años tenía la primera vez que probé el amor además de con la boca,  dieciocho recién cumplidos cuando te parí, un diecinueve de enero. “Que ya no estemos  acá para tu cumpleaños, por favor, Dios te pido”, pienso. 

En la tele una vedette se agarra de los pelos con una panelista. 

Veinte horas sin dormir seguido, el agujero del hambre me despierta, pero ya me da  vergüenza pedirle de nuevo a la enfermera. Ando con sueños raros. Dormito unos  minutos y ya sueño. Me acuerdo que soñé que juntábamos latas para cambiarlas por  útiles y, cuando nos entregaban la bolsa, adentro había conejos. Se me escapaban por  todo el patio, yo me desesperaba, entonces de pronto estaba en una iglesia abandonada.  En el centro de la iglesia había una fuente que tenía sangre en vez de agua, yo levantaba  la vista y el sagrado corazón me miraba y lloraba. Entonces me pasaba un conejo por la  espalda, como un escalofrío. Lo perseguía y saltaba, saltaba hasta que se quedaba  dormido debajo de un sauce. Y las ramas del sauce me acariciaban, con el viento. Y yo  pensaba que quizá los sauces nunca estuvieron llorando, sino que nos estaban  abrazando.  

En la tele un señor explica que la luna está en Escorpio, por eso la gente anda  irritada y con insomnio. 

Veintiún siglos y la humanidad sin poder amarse como hermanos, como nos pidieron.  Veintidós le jugó papi a la quiniela, porque el de la camilla de al lado habla cosas raras,  que nos hacen reír. “No es él el que habla, es la morfina”, explicó la enfermera.  Veintitrés mil pesos me había pasado el plomero de presupuesto para hacer de nuevo  todos los desagotes, así que veinticuatro gotas de lavandina por cada diez litros por las  dudas, y lavando los platos en un balde para que no rebalse la cámara séptica y se me  inunde toda la cocina. ¿Habrá sido todo culpa del agua, que estaba mala? 

En la tele muestran los inundados de Corrientes y un hombre que se hizo un bote con  la puerta de su casa. 

Veinticuatro horas para la operación, veinticinco flores diferentes le llevé a la  virgencita de Itatí. Le hice juntar a la mami, que no vayan a faltar las fucsias de la Santa  Rita. Esas sí o sí, por más que te pinchen las espinas. Ya le pedí a ella, que es la patrona  de los imposibles. Que así como te da, te quita, pero que a mí no me preocupa, porque a  esta altura ya no me pueden quitar nada, porque nada tengo. 

Veintisiete días lleva “el loco” de al lado acá internado, y todavía no lo visitaron, nos  contó la enfermera. Veintiocho lunares en tu piel. Miro tu pelo de arena, tus ojos de  almendra. Veo las nubes negras cargadas por la ventana, pero, antes, se larga el  chaparrón en mi alma. Siento las lágrimas que caen por mis mejillas, pienso qué tonta  fui, tantas veces pude sonreír estando juntas. Sin embargo, siempre preocupada, siempre  mi cuerpo en un lugar y mi cabeza en otro lado. 

En la tele muestran cómo ahorrar comidas preparando ropa vieja con los restos. Se apaga la luz del pasillo, me doy vuelta en la silla, cierro los ojos, veo un cielo lleno  de lucecitas. Un viento me refresca la cara y me va meciendo de a poco. Siento que alguien me sopla y vuelo, como cenizas. De golpe me caigo, me despierto, no sé dónde  estoy hasta que escucho tu respiración que se agita en la oscuridad. Salgo corriendo a  buscar a la enfermera, me tropiezo con la cama de al lado, me golpeo el dedo chiquito,  pego un alarido que despierta al loco y grita, grita desaforado. Siento tus pupilas  asustadas, buscando respuesta en el vacío. “Ya está, mamita, ya viene, tranquila”, te  digo al oído y, vaya a saber por qué, te canto “Osana en el cielo” hasta que llegan las  enfermeras. 

En la tele una señora explica que todo lo malo que nos pasa es porque lo elegimos,  porque lo atraemos con pensamientos negativos. Que el que no es feliz, en realidad, es  porque no quiere.

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